Peligra la inocencia

Es curiosa la sensación que se ha venido conmigo en la maleta desde Berlín, desde estas primeras Rift Rivals. Podríamos haber asistido a un segundo Telón de Acero derribado, a un segundo muro hecho pedazos por Estados Unidos en Europa. Y es que la capital alemana está tan llena de imágenes que se te almacenan en la retina, que las idas y vueltas en taxi desde el hotel hasta los estudios de la LCS dan para asociar mucho; quizá demasiado.

Rift Rivals
Rift Rivals / Imagen propiedad de Riot Games

Está claro que vivimos un momento de profesionalización de los esports que puede gustar o no, pero que no deja de ser como las lentejas. Y uno siempre prefiere tomarlas que dejarlas. Así que durante la fase de grupos nos tomamos con humor las negativas de G2 y de TSM de ceder un jugador para poder hacerle unas preguntas después de los partidos. Unos por unas razones, otros por exactamente las contrarias, al final todo el mundo tiene su derecho a decir no. Pero resulta que en medio de todo eso te aparece en la cercanía la figura de Romain Bigeard, y entonces te das cuenta de otras cosas.

Visten de rosa, tienen un nombre que puede parecer ridículo de puertas afuera y son la esencia de lo que deben ser los esports. Imagen potente, pero siempre ligada a la sonrisa, al divertimento. Estamos en un mundo de chicos jóvenes jugando videojuegos y ese concepto no se puede perder nunca. ¿Que se quiere llegar más allá? Sí, y se puede sin necesidad de asumir el negro no sólo como color, sino como conducta. Unicorns of Love llega a finales, está bien que no las gana, y consolida una base de seguidores tremenda, ruidosa y activa. Crece.

Terminaron los partidos de la primera fase y ellos estaban en la final. Y apareció Romain en la sala de prensa, todavía con su disfraz de unicornio rosa, con una lista en la mano. Era la lista de medios que habían solicitado entrevistas con sus jugadores. Habíamos pedido a Samux, por supuesto, y a Vizicsacsi. Nos dimos la mano y le dije que en ese momento estábamos hablando con MikeYeung. Sin ningún tipo de problema, mandó a sus chicos a comer algo al catering y a que esperasen su turno para ser entrevistados. Al día siguiente, tras perder duramente la final, igual. Se plantó con su uniforme negro, aunque con cierta cara de luto, en nuestra sala y con total naturalidad dijo: “La final debió ser TSM-Phoenix1. Nunca nosotros”. Y el mundo no ha temblado.

Porque ese es otro detalle importante. Cuando entrevistas a los chavales, todos te hablan claro, te analizan todo según su perspectiva, más allá de que ciertas palabras o declaraciones puedan doler menos o más. No les importa. Y eso forma parte de la inocencia que profesionalizar todo esto puede matar. Que Smoothie te diga que nunca le gustó ni trabajar ni estudiar; que MikeYeung sin embargo piense que él está aquí mientras trata de ser ingeniero y luego ya verá; que Samux nos hable con franqueza de la lección recibida por Europa. Eso no nos puede faltar. Eso hace comunidad, hace fans, hace seguidores.

Por eso, cuando te cruzas con Bjergsen por un pasillo y un compañero le pregunta si puede grabarle un saludo con el móvil y el chico sonríe y lo hace, no debería venir nadie a llevárselo y hablar de persecución a los jugadores. Porque él, una estrella mundial, no ha perdido su esencia de chaval normal y hay elementos que quizá se la estén quitando. Y no. Las evoluciones deberían llegar para mejorar, no para empobrecer. Como ese novio en un puente de Berlín que aprovecha que su chica está de espaldas para pasarle inocentemente el móvil a mi compañero Carlos y pedirle al oído que grabe un vídeo, que va a pedir matrimonio allí mismo; ante esa puesta de sol que nos estaba matando los planos. Sí, amigos, apostemos por la naturalidad. No perdamos la capacidad de sonreír por el camino.

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