La crítica destructiva, deporte nacional

Año 2010

Era un día importante y emocionante. La final de la Champions League es siempre un evento histórico, y aquel año se enfrentaban dos verdaderos equipazos por intentar conquistar “La Orejona”: el Inter contra el Bayern. Siempre he sido muy de ver estas finales con amigos, compartir las cosas las hace más bonitas y entretenidas, y aquel día quedé con varios de ellos para disfrutar de una apasionante final.

Pita el árbitro, se mueve el balón, y empieza la emoción. Emoción a cargo, por cierto, de dos periodistas. Uno de ellos trataba de aportar datos estadísticos o curiosos, mientras el otro imprimía toda la emoción que podía a las jugadas y rellenaba tiempos muertos con las típicas frases del fútbol. Hasta aquí todo normal. Aunque lógicamente mis amigos y yo sabíamos “muchísimo más”, y estábamos preparados para demostrarlo.

A cierto minuto de partido, el analista comentaba tras el primer gol de Diego Milito, lo increíblemente bien que estaba jugando el uruguayo, haciendo el partido de su vida. ¿Cómo que uruguayo? ¿Es que este hombre viene a retransmitir una final de la Champions sin hacer los deberes? ¿Pero cómo es posible qué…? Apenas unos segundos después corrigió su error, mencionando su nacionalidad argentina, mientras mis amigos y yo nos mirábamos, indignados. Era demasiado tarde, el error era irreversible, no había vuelta atrás.

El partido continuaba y el narrador cantaba un córner claro como un saque de puerta, para segundos después el árbitro llevarle la contraria. En el grupo, lógicamente, comentábamos sin piedad y con cierta condescendencia lo mal que lo estaban haciendo los periodistas, que no parecían estar a la altura de un partido tan genial. La gota que colmó el vaso fue cuando el narrador se medio trabó la lengua en una jugada frenética. Lo pusimos de poco profesional para arriba. Fatídico, indignante, nefasto, ominoso.

 

Año 2012

Después de muchos meses de trabajo y esfuerzo, la Radio de las Leyendas estaba funcionando tan bien, que una empresa muy grande llamada ESL contactó con nosotros. Nos decían que les gustaba como hablábamos, y nos propusieron “castear” un evento en un Fnac, más concretamente en la Castellana, de cara al público. No teníamos muy claro qué es lo que querían de nosotros, pero supusimos que lo mismo que llevábamos viendo tantos años en el fútbol, retransmitir un torneo. Mi compañero César se puso su mejor camiseta, mi otro amigo Alejandro su mejor americana, y yo mi mejor chándal (siempre he sido un tío con clase, qué puedo decir), y allí fuimos.

Las sensaciones fueron raras. Nos trabábamos al hablar, sobre todo los más inexpertos que no habían estudiado periodismo. Dábamos los datos por nuestra propia experiencia, ya que League of Legends estaba empezando y no teníamos contacto con profesionales. En definitiva, hacíamos lo que podíamos, pero no estábamos del todo preparados.

Una vez conocí a una chica que cada vez que me veía casteando le tiraba a su pantalla y me mandaba callar. Al final terminamos siendo buenos amigos, pero esa es otra historia.
Una vez conocí a una chica que cada vez que me veía casteando le tiraba cosas a su pantalla y me mandaba callar. Al final terminamos siendo buenos amigos, pero esa es otra historia.

El evento salió bien, pero tras el mismo, decidimos echar un vistazo a los foros españoles más famosos de League of Legends del momento. “No sé por qué están ahí si no tienen ni idea”, “Ese narrador tiene menos emoción que escuchar una partida de ajedrez por radio”, “para ir con esas pintas, mejor que se hubieran quedado en sus casas”, “yo lo haría mejor, sin ninguna duda”, “ya podían haber contratado a uno un poco más guapo”. Algunas críticas ayudaban a ver los errores y mejorar. Otras solo buscaban la destrucción del prójimo.

 

Año 2015

Fnatic contra KOO Tigers. SKT contra Origen. En tres simples años todo había cambiado, y de castear en un pequeño evento de centro comercial, retransmitíamos finales de mundiales. Los dos mejores y sorprendentes equipos de Europa plantaban cara a la indestructible potencia coreana. El casteo fue espectacular, lo dimos todo. La emoción me salía por los poros mientras narraba con toda la precisión posible cada detalle de los combates, tratando de evitar reiteraciones y muletillas mientras imprimía una modulación acorde a cada jugada del partido. El apoyo del chat era casi unánime tras tantos meses de competición, y en vez de buscar el error de los narradores, vivían con nosotros la emoción del momento.

Pero los mundiales atraen a mucha gente nueva, y volví a leer de refilón algunos de esos mensajes, que habían ido disminuyendo en frecuencia meses atrás: “¿Quién es este que castea?, ¿por qué grita? “, “¡Yo para escuchar esto me voy al inglés!”, “No tienen ni idea, ese draft es horrible, ni idea de análisis, de verdad.”, “Vaya panda de vagos, se pensarán que lo hacen es un trabajo por comentar juegos por muchas horas que sean".

Año 2017

El League of Legends y el resto de esports han pasado a formar parte de mi vida. Me resulta muy complicado consumir televisión tradicional, con sus deportes y esas cosas. Pero a veces hay que bajar a la tierra de nuevo.

Cansado de los 'Maokais' en clasificatoria, escuché jaleillo en el salón de mi casa y decidí acudir con premura. Estaban televisando uno de los muchos partidos de fútbol que abundan en la parrilla habitual de fin de semana, y el ambiente estaba caldeado. Varios de mis familiares miraban a la televisión, tan emocionados como yo hace unos años, y una discusión invadía el ambiente.

Si apoyamos desde el comienzo a los comentaristas en vez de intentar destruirlos, obtendremos a los mejores profesionales, como es el caso de Ibai Llanos, caster de LVP.
Si apoyamos desde el comienzo a los comentaristas en vez de intentar destruirlos, obtendremos a los mejores profesionales, como es el caso, por ejemplo, de Ibai Llanos, caster de LVP.

El tema principal eran los comentaristas. Uno de ellos, según un tío mío, tenía “sangre de horchata”, a lo que otro familiar, indignado, aseguraba que “ese no tiene mucha idea de lo que está hablando”.  En un momento dado, en el que el partido estaba tremendamente aburrido, los comentaristas hicieron una pequeña broma entre ellos, algo que “no pinta nada en la retransmisión, ni para entretener”, aunque cuando no lo hacían “es casi mejor quitar el audio, total, están todo el rato diciendo lo mismo”.

Hace tan solo 7 años, yo estaba sentado ahí mismo, haciendo lo mismo que ellos hacen. Pero había cambiado de lado, irremediablemente. Ellos eran un chat de Twitch crítico hasta el extremo más absurdo, y yo era el caster al otro lado de la pantalla.

Es verdad que no era lo más entretenido del mundo, pero es que el espectáculo no acompañaba. Es verdad que se trabaron una vez, muy puntual, pero es que llevaban más de una hora seguida sin parar de hablar (y en el caso del LoL, una hora es algo irrisorio). Es verdad que la broma fue bastante mala, pero les dio confianza a ambos, y sin ser algo tan grave, mejoró la retransmisión a partir de ese momento.

Yo también podría haberlos criticado. Todos tenemos errores, y ellos los tienen, igual que yo cuando casteo. Podría haber puntualizado que en ocasiones se pisaban al hablar, que no tenían tantos conocimientos como Maldini, o no eran tan buenos como Carlos Martínez. Pero desde luego no eran tan malos, valían para lo que estaban haciendo.

Y entonces me di cuenta de que algunas veces, criticamos por criticar. Por norma. No nos paramos a pensar lo que decimos, lo hacemos de manera destructiva, por defecto, es como nuestra pasiva oculta. Parece que vivimos con ganas de buscar los errores de los demás, con afán de destruir lo que otros construyen, negando la capacidad de mejora y abrazando la más absoluta intolerancia, en vez de disfrutar lo que nos brindan. A veces simplemente el comentarista no nos cae bien, no tenemos afinidad con él, y tiramos totalmente por tierra su trabajo solo por ese hecho. Y para escapar de esa espiral, he tenido que viajar al otro lado, y cambiar el prisma, algo realmente difícil.

No dije nada a mis familiares. Aprecié el esfuerzo que estaban haciendo por entretener a su audiencia en un partido aburridísimo. Tuve en cuenta sus fallos, y me apunté algunos que yo también cometía. El mundo de las retransmisiones es duro, pero lo estaban haciendo lo mejor posible. Si realmente no servían para aquello, no estarían ahí. Eran entretenidos y se habían preparado su partido, a pesar de sus errores. 

Miré a la pantalla, y después miré a mis familiares, que seguían criticando, cual iracundo chat de Twitch. Y sonreí.

*Imagen de cabecera propiedad de Riot Games

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